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martes, 8 de noviembre de 2011

Las ruinas circulares-Jorge Luis Borges

Fotografía: Harold Edgerton







Las ruinas circulares



Jorge Luis Borges









Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.

El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.

Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo.

A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.

Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.

Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.

En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviaría al otro templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó.

El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido... En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo. O, más raramente: El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy.

Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer -y tal vez impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.

Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noches secretas.

El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.

domingo, 8 de mayo de 2011

Los Beatles

Fotografia: © Don McCullin.



El libro Un día en la vida de los Beatles reúne 88 imágenes, muchas de ellas inéditas, del mítico cuarteto musical de Liverpool. Todas ellas fueron realizadas un día de julio de 1968 por Don McCullin, uno de los fotógrafos de guerra más importantes del siglo XX.

Aquel verano, los Beatles estaban en lo más alto de su carrera, en plena grabación de The White Album, y además se habían convertido en iconos para una inquieta generación que afrontaba un agitado momento político y social: corrían los tiempos del mayo francés, la guerra de Vietnam, la Primavera de Praga, el asesinato de Robert Kennedy...

La sesión de fotos nos muestra la faceta más espontánea de John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr en diversos escenarios de Londres: el edificio del Sunday Times, un parque al norte de King's Cross, el East End, Cable Street, Whitechapel y Limehouse, para acabar en la casa de Paul McCartney, en St John's Wood.

El libro incluye un texto de Paul McCartney, escrito en mayo de 2010, y otro de Don McCullin, donde nos cuenta la inolvidable experiencia de aquel divertido e inesperado día.


Fuente: La Fábrica Editorial

jueves, 17 de febrero de 2011

Murió el "Chino" Domínguez, el mejor fotógrafo del periodismo peruano

Carlos “Chino” Domínguez, falleció el 17 de febrero del 2011 en el Hospital Guillermo Almenara, luego de un cáncer de pulmón y complicaciones renales que lo aquejaban hace un buen tiempo, pero que en los últimos 15 días había agravado su estado de salud.

El Chino Domínguez pasó a mejor vida y ya no sufre más. Ahora, somos nosotros lo que sufrimos por ya no tenerlo ni disfrutar de las maravillas de su lente.

Pero, él, que es reconocido como el mejor fotoperiodista ha dejado un gran legado a las generaciones futuras, ya que su archivo fotográfico de más de un millón de negativos, cuenta la historia política, social y cultural del Perú, porque es el "Chino" Domínguez el que captó a través de su lente todos los acontecimientos del siglo XX. Este archivo lo tiene la Universidad Alas Peruanas, el cual se conservará como legado de la historia.

Entre sus principales publicaciones se encuentran: Los Peruanos. Lima: Hechos y fotos, 1988 (Primera ed. 1999). 100 años, Jorge Basadre. Lima: Universidad Alas Peruanas, 2003. Negro luminoso. Lima: Centro de Desarrollo Etnico, 2005. El Círculo Invisible. Lima: Universidad Alas Peruanas 2006, según Wikipedia.

Así mismo, recibió las Palmas Artísticas del Perú en el grado de Gran Maestro por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

Fuente: Generaccion

sábado, 6 de noviembre de 2010

Lady Warhol por Christopher Makos

Fotografía: Andy Wharhol en el lente de Christopher Makos


Para quienes tuvimos la experiencia de asistir a la exposición de la obra artística Pop Art de Andy Wharhol, presentada en el 2009 por el Centro cultural de la Pontificia Universidad Católica del Perú, este libro resultara interesante y nos hará descubrir un más allá intimo y personal de este icono y gran artista.


Disfrutenlo¡¡¡¡



Lady Warhol

El miércoles 3 de noviembre del 2010, se realizó en la ciudad de Madrid (España) la presentación en La Fábrica del libro Lady Warhol por Christopher Makos. Las fotografías más increíbles del mayor icono del arte del siglo XX en una inolvidable sesión que tuvo lugar en Nueva York 1981.


Un libro de gran formato, lujosamente editado, que ya se ha presentado el mes pasado con gran éxito en Nueva York. Aprovecha esta oportunidad para conocer a un mito de la fotografía que inmortalizó a Andy Warhol mostrando su lado más femenino.También te presentaremos un estuche exclusivo con el libro más una fotografía original en una edición seriada de 50 copias.

Para ver imagenes del libro hacer click aqui: http://www.lafabrica.com/presentaciones/


Fuente: la Librería de La Fábrica (Madrid).

martes, 31 de agosto de 2010

Larga vida a Manolo Garcia



Jamas pense que este momento llegaria, el extraordinario cantautor español Manolo Garcia nos deleita al fin depsues de sus grandes exitos musicales,con un gran libro titulado "De Mares y Visiones. Canciones de una década"

De Mares y Visiones. Canciones de una década" es un recopilatorio editado únicamente con el objetivo de dar a conocer la obra de Manolo Garcia en Latinoamérica. El formato libro+CD+DVD incluye:

-LIBRO con encuadernación de lujo de 48 páginas, con textos, fotos y dibujos realizados por Manolo García.

-1 CD con 18 canciones, seleccionadas por Manolo Garcia de su obra en solitario, que incluye canciones míticas como “Carbón y ramas secas”, “Pájaros de barro”, “A San Fernando...”, “Como quien da un refresco", “Rosa de Alejandría” o "Una tarde de sol".

-1 DVD con videoclips y actuaciones en directo.

Para mayor información y deleite hacer click aqui:

http://www.manolo-garcia.com/noticias/view?id=6

Deleitense con mi canción favorita





sábado, 28 de agosto de 2010

El pais de las cien imágenes

Este es tal vez el primer libro que recomiendo en este espacio y no el último de ahora en adelante, y para variar un poco no es un libro de literatura sino de fotografía;espero puedan disfrutarlo tanto como yo ya que el acercamiento a esas imágenes me remonto a escribir algunos poemas y a apreciar más la pureza de la naturaleza en los lugares que nos hacen sentir más vivos. ¡Disfrutenlo!


Fotografia: Bernard Plossu


De viaje por un continente (Fuente: lafabrica.com)

La Fábrica Editorial y la Fundación Santander 2016 coeditan Europa, una selección de la obra del fotógrafo francés Bernard Plossu.

Europa es una selección de fotografías llenas de melancolía, gracias al uso de la luz y a la fascinación que Plossu siente por la nocturnidad, que junto a la nostalgia de todo espíritu viajero convierten a este libro en un espléndido retrato del continente.

Imágenes que van desde grandes ciudades como son Berlín, Madrid o Lisboa, hasta parajes perdidos y desconocidos que no se escapan de su original mirada.

Si desean apreciar el libro puede acceder a el por medio del link:

http://www.lafabrica.com/presentaciones/