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martes, 8 de noviembre de 2011

Las ruinas circulares-Jorge Luis Borges

Fotografía: Harold Edgerton







Las ruinas circulares



Jorge Luis Borges









Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.

El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.

Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo.

A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.

Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.

Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.

En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviaría al otro templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó.

El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido... En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo. O, más raramente: El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy.

Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer -y tal vez impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.

Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noches secretas.

El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.

domingo, 24 de abril de 2011

II Feria del Libro de Palacio de Gobierno





25 de abril

5:00 – 5:30 p.m.
CEREMONIA DE INAUGURACIÓN
Participan: Alan García (Presidente del Perú), Sr. Jaime Carbajal Pérez (Cámara Peruana del Libro)

6:00 – 6:45 p.m.
Espectáculo musical de inauguración
“Sikuris” y “Danzantes de Tijeras” (Patrimonio Inmaterial de la Humanidad)
Organiza: AFINED / Cámara Peruana del Libro

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26 de abril

4:00 a 5:30 p.m.

Sala Túpac Amaru

BRASIL
Charla de fomento de lectura
“Mónica y sus amigos de Mauricio de Souza”
Dicta: Jorge Taunay, Excelentísimo Embajador de Brasil.
Organiza: Embajada de Brasil

Sala Eléspuru

Charla de fomento de lectura
“Construir espacios y abrir caminos a través de la lectura”
Invitada: Norma Huidobro (Premio Clarín 2007)
Organiza: Ediciones SM / Cámara Peruana del Libro

5:00 p.m. a 5:45

Patio de Honor

Espectáculo artístico
“Danzas peruanas: marinera y afro”
Organiza: Universidad Católica Sedes Sapientiae

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27 de abril

De 4:00 a 5:30p.m.

Salón Túpac Amaru

Mesa redonda “Pensar la literatura infantil y juvenil en el Perú”
Participan: Javier Morales, Manuel Vejarano, Hilda Neyra
Organiza: Universidad Católica Sedes Sapientiae

Sala Eléspuru

Charla ilustrada con Carlos Rojas Feria
“Machu Picchu: Visión lúdica de una maravilla mundial”
Dramatización: Santiago Estrada
Cierre: Declamación “Extractos de Alturas de Machu Picchu de Pablo Neruda”, a cargo de Julio Montesinos
Organiza: Cámara Peruana del Libro, Colegio Santa María de la Providencia.

5:00 – 5:45 p.m.
Patio de Honor
Espectáculo artístico con María Angélica Vega
“Las Historias de doña Victoria”
Participa: Alejandro Sánchez Aizcorbe, Alcalde de La Victoria.
Organiza: Municipalidad de La Victoria

De 6:00 a 7:15 p.m.

Sala Túpac Amaru

ARGENTINA
Presentación de libro Octubre, un crimen
Norma Huidobro
Participan: May Rivas , Javier Arévalo
Organiza: Ediciones SM / Cámara Peruana del Libro

Sala Eléspuru

Charla alrededor del libro Nuevos héroes peruanos 2 de Daniel Córdova
Organiza: Editorial Planeta

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28 de abril

4:00 – 5:30 p.m.
Salón Túpac Amaru
Mesa redonda “Mario Vargas Llosa: las travesías discursivas del escribidor”
Participan: Judith Paredes, Richard Leonardo Loayza, Antonio González Montes
Organiza: Grupo de Estudios Literarios Latinoamericanos Antonio Candido

Sala Eléspuru
Espectáculo de narración oral
Organiza: Casa de la Literatura Peruana

Patio de Honor
5:00 – 5:45 p.m.
Espectáculo de narración oral con Ana Correa
“Un río de cuentos (Cuentos de tradición oral de la Amazonía)”
Organiza: Cámara Peruana del Libro

6:00 – 7:15 p.m.
Salón Túpac Amaru
Mesa redonda alrededor del libro La cruz del Perú de Luis Millones
Participan: Luis Millones, Pedro Jacinto Pazos, Juan José García Miranda.
Organiza: AFINED – Asociación Fondo de Investigadores y Editores

Sala Eléspuru
Presentación de libro
Escritos mariateguistas de David Sobrevilla
Organiza: Universidad Inca Garcilaso de la Vega

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29 de abril

4:00 – 5:30 p.m.
Salón Túpac Amaru
Charla
“Estudios de mitigación de terremotos y tsunamis”
Participan: Emerson Collado Domínguez, Carlos Zavala Toledo, Álvaro Montaño
Organiza: Fondo Editorial Universidad Nacional de Ingeniería

Sala Eléspuru
Espectáculo de narración de cuentos “Canciones y Canticuentos para sonreír” con Fabulinka
Organiza: Cámara Peruana del Libro

Patio de Honor
Espectáculo infantil de títeres con Pepe Cabana Kojachi “Mukashi Mukashi”
“Había no sólo una vez y mil maneras de contar historias”
Organiza: Cámara Peruana del Libro

6:00 – 7:15 p.m.
Salón Túpac Amaru
Conversatorio sobre el libro El eslabón del día de Carlos Gatti
Participan: Manuel Vejarano, Marita Vinatea, Giuliana Contini
Organiza: Universidad Católica Sedes Sapientiae

Sala Eléspuru
Presentación de libro
Esmorgasbord de Marco Aurelio Denegri
Organiza: Universidad Inca Garcilaso de la Vega

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30 de abril

3:00 – 3:45 p.m.
Sala Eléspuru
Presentación de libro con narración de cuento
El asombroso mundo de Pookie y Tushkal de Jorge Antonio Tello Aliaga
Organiza: Lenguaje y Comercio

12:00 – 1:00 p.m.
Patio de Honor
Espectáculo infantil Los Perú-guntones Inca de los hermanos Paz
Organiza: Editorial Planeta

4:00 – 5:30 p.m.
Salón Túpac Amaru
Presentación de libro El otro margen 2. Ponencias del VIII Encuentro Nacional de Escritores “Manuel Jesús Baquerizo” de Arteidea Editores
Participan: Martín Guerra, Gonzalo Espino, Armando Arteaga
Organiza: Importadores y Distribuidores Peruanos

Sala Eléspuru
Mesa redonda
“Centenarios literarios: José María Arguedas”
Organiza: Casa de la Literatura Peruana

6:00 – 7:15 p.m.
Salón Túpac Amaru
Mesa redonda alrededor del libro Ortografía de la lengua española
Participan: Marco Martos, Rodolfo Cerrón Palomino, Alonso Cueto
Organiza: Editorial Planeta

Sala Eléspuru
Presentación de libro
Canción de luna para Hermelinda de Alberto Stewart
Comentarios: Antonio Gonzáles Montes, Elías Rengifo
Representación teatral: María Angélica Vega, Martín Farfán.
Organiza: Editorial San Marcos

Patio de Honor
5:00 – 5:45 p.m.
Espectáculo artístico
“Danzas peruanas: Caporales”
Organiza: Universidad Bausate y Meza

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1 de mayo

4:00 – 5:00 p.m.
Salón Túpac Amaru
Presentación de libro
La soñadora...y tres cuentos peregrinos más de Roque Garcia
Organiza: Bisagra-Editores (Huancayo)

Sala Eléspuru
Espectáculo Infantil
El mundo de Tricia con Manuel Herrán Sifuentes
Organiza: Asociación Editorial Bruño

Patio de Honor
3:00 – 4:00 p.m.
Espectáculo musical
“Huaconada de Mito (Patrimonio Inmaterial de la Humanidad)”
Organiza: Asociación Huaconada de Mito del Perú y la 3ª Feria del Libro Zona Huancayo

5:00 – 6:30 p.m.
Salón Túpac Amaru
ECUADOR
Presentación de libro
3ª Antología binacional. Cuento para jóvenes Ecuador-Perú 1998-2011
Organiza: Embajada de Ecuador

Patio de Honor
4:00 – 4:45 p.m.
Espectáculo infantil con Racatán y Chumbeque
“Narración de cuentos”
Organiza: Cámara Peruana del Libro

5:00 – 5:45
Espectáculo musical de Clausura
“Grupo de Sikuris de la UNI”
Organiza: Universidad Nacional de Ingeniería

viernes, 22 de abril de 2011

He vuelto a la novela policial

El escritor boliviano Edmundo Paz Soldán vino a Lima para presentar su novela Norte y la reedición de su libro de cuentos Amores Imperfectos....




CINCO LIBROS RECOMENDADOS DE EDMUNDO PAZ SOLDÁN
1. Ficciones, de Jorge Luis Borges. “Para mí es fundamental. Siempre la tengo presente”.
2. Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa.
3. La Marcha Radetsky, de Joseph Roth. “Un libro monumental”.
4. Sartoris, de Wiliam Faulkner. “Me gustan muchas novelas de Faulkner, pero a esta le tengo un cariño especial fue la primera que leí”.
5. La construcción de la Muralla China, Franz Kafka.


Fuente: Peru21

domingo, 12 de septiembre de 2010

Residencia en Camac, Camaleón

Fortografia: Residencia en Camac


Siguiendo la escritura creativa al Sur de Francia... en Camac.....

http://www.camac.org/

domingo, 11 de abril de 2010

Sobre la novela y el cuento- Boris Eichenbaum

Fotografía: Chema Madoz

"La novela y el cuento no son formas homogéneas sino, por el contrario, formas completamente extrañas una a otra. Por esta causa no se desarrollan simultáneamente ni con la misma intensidad en una misma literatura. La novela es una forma sincrética (poco importa que se haya desarrollado a partir de la colección de cuentos o que se haya complicado integrando descripciones de costumbres); el cuento es una forma fundamental, elemental (lo cual no quiere decir primitiva). La novela viene de la historia, del relato de viajes; el cuento viene de la anécdota. Se trata de una diferencia de principio determinada por la longitud de la obra. Diferentes escritores y diferentes literaturas cultivan o la novela o el cuento.

El cuento se construye sobre la base de una contradicción, de una falta de coincidencia, de un error, de un contraste, etc. Pero esto no es suficiente; en el cuento como en la anécdota todo tiende hacia la conclusión. El cuento debe lanzarse con impetuosidad como un proyectil lanzado desde un avión para golpear con su punta y con todas las fuerzas el objetivo propuesto. Me refiero aquí al cuento de intriga, dejando de lado el cuento-descripción que caracteriza la literatura rusa, así como el relato directo. Short story es un término que implica siempre una historia y que debe responder a dos condiciones: dimensiones reducidas y acento puesto sobre la conclusión. Estas condiciones crean una forma enteramente diferente a la novela, tanto en su finalidad como en sus procedimientos

[...] El cuento recuerda el problema que consiste en plantear una ecuación con una sola incógnita; la novela es un problema complejo que se resuelve mediante un sistema de ecuaciones con muchas incógnitas cuyas construcciones intermediarias son más importantes que la respuesta final. El cuento es un enigma; la novela corresponde a la charada o al jeroglífico."

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Un cuento de Navidad


El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana los obligaron a dejar el regalo porque pasaba unos pocos kilos del peso máximo permitido y el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando éstos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.
-¿Qué haremos?
-Nada, ¿qué podemos hacer?
-¡Al niño le hacía tanta ilusión el árbol!
La sirena aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos, pálido y silencioso.
-Ya se me ocurrirá algo -dijo el padre.
-¿Qué...? -preguntó el niño.
El cohete despegó y se lanzó hacia arriba al espacio oscuro. Lanzó una estela de fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer "día". Cerca de medianoche, hora terráquea según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó y dijo:
-Quiero mirar por el ojo de buey.
-Todavía no -dijo el padre-. Más tarde.
-Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos.
-Espera un poco -dijo el padre.
El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en la fiesta de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había tenido que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una idea que, si daba resultado, haría que el viaje fuera feliz y maravilloso.
-Hijo mío -dijo-, dentro de medía hora será Navidad.
La madre lo miró consternada; había esperado que de algún modo el niño lo olvidaría. El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.
-Sí, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometieron.
-Sí, sí. todo eso y mucho más -dijo el padre.
-Pero...
-empezó a decir la madre.
-Sí -dijo el padre-. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo pronto.
Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.
-Ya es casi la hora.
-¿Puedo tener un reloj? -preguntó el niño.
Le dieron el reloj, y el niño lo sostuvo entre los dedos: un resto del tiempo arrastrado por el fuego, el silencio y el momento insensible.
-¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?
-Ven, vamos a verlo -dijo el padre, y tomó al niño de la mano.Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.
-No entiendo.
-Ya lo entenderás -dijo el padre-.
Hemos llegado.Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces.
-Entra, hijo.
-Está oscuro.
-No tengas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá.Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente estaba muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio. El niño se quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre y la madre contemplaron el espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.
-Feliz Navidad, hijo -dijo el padre.
Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas.
Autor: Ray Bradbury
Dedicado con amor a quien me lo leyó en la Navidad de diciembre del 2008.

domingo, 9 de agosto de 2009

Por las azoteas de Julio Ramon Ribeyro


A los diez años yo era el monarca de las azoteas y gobernaba pacíficamente mi reino de objetos destruidos. Las azoteas eran los recintos aéreos donde las personas mayores enviaban las cosas que no servían para nada: se encontraban allí sillas cojas, colchones despanzurrados, maceteros rajados, cocinas de carbón, muchos otros objetos que llevaban una vida purgativa, a medio camino entre el uso póstumo y el olvido. Entre todos estos trastos yo erraba omnipotente, ejerciendo la potestad que me fue negada en los bajos. Podía ahora pintar bigotes en el retrato del abuelo, calzar las viejas botas paternales o blandir como una jabalina la escoba que perdió su paja. Nada me estaba vedado: podía construir y destruir y con la misma libertad con que insuflaba vida a las pelotas de jebe reventadas, presidía la ejecuci6n capital de los maniquís. Mi reino, al principio, se limitaba al techo de mi casa, pero poco a poco, gracias a valerosas conquistas, fui extendiendo sus fronteras por las azoteas vecinas. De estas largas campanas, que no iban sin peligros –pues había que salvar vallas o saltar corredores abismales– regresaba siempre enriquecido con algún objeto que se añadía a mi tesoro o con algún rasguño que acrecentaba mi heroísmo. La presencia esporádica de alguna sirvienta que tendía ropa o de algún obrero que reparaba una chimenea, no me causaba ninguna inquietud pues yo estaba afincado soberanamente en una tierra en la cual ellos eran solo nómades o poblaciones trashumantes. En los linderos de mi gobierno, sin embargo, había una zona inexplorada que siempre despertó mi codicia. Varias veces había llegado hasta sus inmediaciones pero una alta empalizada de tablas puntiagudas me impedía seguir adelante. Yo no podía resignarme a que este accidente natural pusiera un límite a mis planes de expansión. A comienzos del verano decidí lanzarme al asalto de la tierra desconocida. Arrastrando de techo en techo un velador desquiciado y un perchero vetusto, llegué al borde de la empalizada y construí una alta torre. Encaramándome en ella, logre pasar la cabeza. Al principio solo distinguí una azotea cuadrangular, partida al medio por una larga farola. Pero cuando me disponía a saltar en esa tierra nueva, divisé a un hombre sentado en una perezosa. El hombre parecía dormir. Su cabeza caía sobre su hombro y sus ojos, sombreados por un amplio sombrero de paja, estaban cerrados.. Su rostro mostraba una barba descuidada, crecida casi por distracción, como la barba de los náufragos. Probablemente hice algún ruido pues el hombre enderezó la cabeza y quedo mirándome perplejo. El gesto que hizo con la mano lo interpreté como un signo de desalojo, y dando un salto me alejé a la carrera. Durante los días siguientes pasé el tiempo en mi azotea fortificando sus defensas, poniendo a buen recaudo mis tesoros, preparándome para lo que yo imaginaba que sería una guerra sangrienta. Me veía ya invadido por el hombre barbudo; saqueado, expulsado al atroz mundo de los bajos, donde todo era obediencia, manteles blancos, tías escrutadoras y despiadadas cortinas. Pero en los techos reinaba la calma más grande y en vano pasé horas atrincherado, vigilando la lenta ronda de los gatos o, de vez en cuando, el derrumbe de alguna cometa de papel. En vista de ello decidí efectuar una salida para cerciorarme con qué clase de enemigo tenía que vérmelas, si se trataba realmente de un usurpador o de algún fugitivo que pedía tan solo derecho de asilo. Armado hasta los dientes, me aventuré fuera de mi fortín y poco a poco fui avanzando hacia la empalizada. En lugar de escalar la torre, contorneé la valla de maderas, buscando un agujero. Por entre la juntura de dos tablas apliqué el ojo y observé: el hombre seguía en la perezosa, con templando sus largas manos trasparentes o lanzando de cuando en cuando una mirada hacia el cielo, para seguir el paso de las nubes viajeras. Yo hubiera pasado toda la mañana allí, entregado con delicia al espionaje, si es que el hombre, después de girar la cabeza no quedara mirando fijamente el agujero. –Pasa –dijo haciéndome una sena con la mano–. Ya se que estas allí. Vamos a conversar. Esta invitación, si no equivalía a una rendición incondicional, revelaba al menos el deseo de parlamentar. Asegurando bien mis armamentos, trepé por el perchero y salté al otro lado de la empalizada. El hombre me miraba sonriente. Sacando un pañuelo blanco del bolsillo –¿era un signo de paz?– se enjugó la frente. –Hace rato que estas allí –dijo–. Tengo un oído muy fino. Nada se me escapa... ¡Este calor! –¿Quién eres tú? –le pregunté.



–Yo soy el rey de la azotea– me respondió. –¡No puede, ser! –protesté– El rey de la azotea soy yo. Todos los techos son míos. Desde que empezaron las vacaciones paso todo el tiempo en ellos. Si no vine antes por aquí fue porque estaba muy ocupado por otro sitio. –No importa –dijo–. Tú serás el rey durante el día y yo durante la noche. –No –respondí–. Yo también reinaré durante la noche. Tengo una linterna. Cuando todos estén dormidos, caminaré por los techos, –Está bien –me dijo–. ¡Reinarás también por la noche! Te regalo las azoteas pero déjame al menos ser el rey de los gatos. Su propuesta me pareció aceptable. Mentalmente lo convertía ya en una especie de pastor o domador de mis rebaños salvajes. –Bueno, te dejo los gatos. Y las gallinas de la casa de al lado, si quieres. Pero todo lo demás es mío. –Acordado –me dijo–. Acércate ahora. Te voy a contar un cuento. Tú tienes cara de persona que le gustan los cuentos. ¿No es verdad? Escucha, pues: «Había una vez un hombre que sabia algo. Por esta razón lo colocaron en un pulpito. Después lo metieron en una cárcel. Después lo internaron en un manicomio. Después lo encerraron en un hospital. Después lo pusieron en un altar. Después quisieron colgarlo de una horca. Cansado, el hombre dijo que no sabía nada. Y so10 entonces lo dejaron en paz». Al decir esto, se echó a reír con una risa tan fuerte que terminó por ahogarse. Al ver que yo lo miraba sin inmutarme, se puso serio. –No te ha gustado mi cuento –dijo–. Te voy a contar otro, otro mucho mas fácil: «Había una vez un famoso imitador de circo que se llamaba Max. Con unas alas falsas y un pico de cartón, salía al ruedo y comenzaba a dar de saltos y a piar. ¡El avestruz! decía la gente, señalándolo, y se moría de risa. Su imitación del avestruz lo hizo famoso en todo el mundo. Durante anos repitió su número, haciendo gozar a los niños y a los ancianos. Pero a medida que pasaba el tiempo, Max se iba volviendo más triste y en el momento de morir llamó a sus amigos a su cabecera y les dijo: Voy a revelarles un secreto. Nunca he querido imitar al avestruz, siempre he querido imitar al canario». Esta vez el hombre no rio sino que quedó pensativo, mirándome con sus ojos indagadores. –¿Quién eres tú? –le volví a preguntar– ¡No me habrás engañado? ¿Por qué estás todo el día sentado aquí? ¿Por qué llevas barba? ¿Tú no trabajas? ¿Eres un vago? –¡Demasiadas preguntas! –me respondió, alargando un brazo, con la palma vuelta hacia mí– Otro día te responderé. Ahora vete, vete por favor. ¿Por qué no regresas mañana? Mira el sol, es como un ojo… ¿lo ves? Como un ojo irritado. EI ojo del infierno. Yo miré hacia lo alto y vi solo un disco furioso que me encegueció. Caminé, vacilando, hasta la empalizada y cuando la salvaba, distinguí al hombre que se inclinaba sobre sus rodillas y se cubría la cara con su sombrero de paja. Al día siguiente regresé. –Te estaba esperando –me dijo el hombre–. Me aburro, he leído ya todos mis libros y no tengo nada qué hacer. En lugar de acercarme a él, que extendía una mano amigable, lancé una mirada codiciosa hacia un amontonamiento de objetos que se distinguía al otro lado de la farola. Vi una cama desarmada, una pila de botellas vacías. –Ah, ya sé –dijo el hombre–. Tú vienes solamente por los trastos. Puedes llevarte lo que quieras. Lo que hay en la azotea –añadió con amargura– no sirve para nada. –No vengo por los trastos –le respondí–. Tengo bastantes, tengo más que todo el mundo. –Entonces escucha lo que te voy a decir: el verano es un dios que no me quiere. A mí me gustan las ciudades frías, las que tienen allá arriba una compuerta y dejan caer sus aguas. Pero en Lima nunca llueve o cae tan pequeño rocío que apenas mata el polvo. ¿Por qué no inventamos algo para protegernos del sol? –Una sombrilla –le dije–, una sombrilla enorme que tape toda la ciudad. –Eso es, una sombrilla que tenga un gran mástil, como el de la carpa de un circo y que pueda desplegarse desde el suelo, con una soga, como se iza una bandera. Así estaríamos todos para siempre en la sombra. Y no sufriríamos.


Cuando dijo esto me di cuenta que estaba todo mojado, que la transpiración corría por sus barbas y humedecía sus manos. –¿Sabes por qué estaban tan contentos los portapliegos de la oficina? –me pregunto de pronto– Porque les habían dado un uniforme nuevo, con galones. Ellos creían haber cambiado de destino, cuando solo se habían mudado de traje. –¿La construiremos de tela o de papel? –le pregunté. El hombre quedo mirándome sin entenderme. –¡Ah, la sombrilla! –exclamó– La haremos mejor de piel, ¿qué te parece? De piel humana. Cada cual dará una oreja o un dedo. Y al que no quiera dárnoslo, se lo arrancaremos con una tenaza. Yo me eche a reír. El hombre me imitó. Yo me reía de su risa y no tanto de lo que había imaginado –que le arrancaba a mi profesora la oreja con un alicate– cuando el hombre se contuvo. –Es bueno reír –dijo–, pero siempre sin olvidar algunas cosas: por ejemplo, que hasta las bocas de los niños se llenarían de larvas y que la casa del maestro será convertida en cabaret por sus discípulos. A partir de entonces iba a visitar todas las mañanas al hombre de la perezosa. Abandonando mi reserva, comencé a abrumarlo con toda clase de mentiras e invenciones. Él me escuchaba con atención, me interrumpía solo para darme crédito y alentaba con pasión todas mis fantasías. La sombrilla había dejado de preocuparnos y ahora ideábamos unos zapatos para andar sobre el mar, unos patines para aligerar la fatiga de las tortugas. A pesar de nuestras largas conversaciones, sin embargo, yo sabía poco o nada de él. Cada vez que lo interrogaba sobre su persona, me daba respuestas disparatadas u oscuras: –Ya te lo he dicho: yo soy el rey de los gatos. ¿Nunca has subido de noche? Si vienes alguna vez verás cómo me crece un rabo, cómo se afilan mis uñas, cómo se encienden mis ojos y cómo todos los gatos de los alrededores vienen en procesión para hacerme reverencias. O decía: –Yo soy eso, sencillamente, eso y nada más, nunca lo olvides: un trasto. Otro día me dijo: –Yo soy como ese hombre que después de diez años de muerto resucitó y regresó a su casa envuelto en su mortaja. Al principio, sus familiares se asustaron y huyeron de él. Luego se hicieron los que no lo reconocían. Luego lo admitieron pero haciéndole ver que ya no tenía sitio en la mesa ni lecho donde dormir. Luego lo expulsaron al jardín, después al camino, después al otro lado de la ciudad. Pero como el hombre siempre tendía a regresar, todos se pusieron de acuerdo y lo asesinaron. A mediados del verano, el calor se hizo insoportable. El sol derretía el asfalto de las pistas, donde los saltamontes quedaban atrapados. Por todo sitio se respiraba brutalidad y pereza. Yo iba por las mañanas a la playa en los tranvías atestados, llegaba a casa arenoso y famélico y después de almorzar subía a la azotea para visitar al hombre de la perezosa. Este había instalado un parasol al lado de su sillona y se abanicaba con una hoja de periódico. Sus mejillas se habían ahuecado y, sin su locuacidad de antes, permanecía silencioso, agrio, lanzando miradas coléricas al cielo. –¡El sol, el sol! –repetía–. Pasará él o pasaré yo. ¡Si pudiéramos derribarlo con una escopeta de corcho! Una de esas tardes me recibió muy inquieto. A un lado de su sillona tenía una caja de cartón. Apenas me vio, extrajo de ella una bolsa con fruta y una botella de limonada. –Hoy es mi santo –dijo–. Vamos a festejarlo. ¿Sabes lo que es tener treinta y tres años? Conocer de las cosas el nombre, de los países el mapa. Y todo por algo infinitamente pequeño, tan pequeño –que la uña de mi dedo meñique sería un mundo a su lado. Pero ¿no decía un escritor famoso que las cosas más pequeñas son las que más nos atormentan, como, por ejemplo, los botones de la camisa? Ese día me estuvo hablando hasta tarde, hasta que el sol de brujas encendió los cristales de las farolas y crecieron largas sombras detrás de cada ventana teatina. Cuando me retiraba, el hombre me dijo: –Pronto terminarán las vacaciones. Entonces, ya no vendrás a verme. Pero no importa, porque ya habrán llegado las primeras lloviznas.En efecto, las vacaciones terminaban.


Los muchachos vivíamos ávidamente esos últimos días calurosos, sintiendo ya en lontananza un olor a tinta, a maestro, a cuadernos nuevos. Yo andaba oprimido por las azoteas, inspeccionando tanto espacio conquistado en vano, sabiendo que se iba a pique mi verano, mi nave de oro cargada de riquezas. El hombre de la perezosa parecía consumirse. Bajo su parasol, lo veía cobrizo, mudo, observando con ansiedad el último asalto del calor, que hacia arder la torta de los techos. –¡Todavía dura! –decía señalando el cielo– ¿No te parece una maldad? Ah, las ciudades frías, las ventosas. Canícula, palabra fea, palabra que recuerda a un arma, a un cuchillo. Al día siguiente me entregó un libro: –Lo leerás cuando no puedas subir. Así te acordarás de tu amigo... de este largo verano. Era un libro con grabados azules, donde había un personaje que se llamaba Rogelio. Mi madre lo descubrió en el velador. Yo le dije que me lo había regalado «el hombre de la perezosa». Ella indagó, averiguó y cogiendo el libro con un papel, fue corriendo a arrojarlo a la basura. –¿Por qué no me habías dicho que hablabas con ese hombre? ¡Ya verás esta noche cuando venga tu papá! Nunca más subirás a la azotea. Esa noche mi papa me dijo: –Ese hombre está marcado. Te prohíbo que vuelvas a verlo. Nunca más subirás a la azotea. Mi mama comenzó a vigilar la escalera que llevaba a los techos. Yo andaba asustado por los corredores de mi casa, por las atroces alcobas, me dejaba caer en las sillas, miraba hasta la extenuación el empapelado del comedor –una manzana, un plátano, repetidos hasta el infinito– u hojeaba los álbumes llenos de parientes muertos. Pero mi oído solo estaba atento a los rumores del techo, donde los últimos días dorados me aguardaban. Y mi amigo en ellos, solitario entre los trastos. Se abrieron las clases en días aun ardientes. Las ocupaciones del colegio me distrajeron. Pasaba mañanas interminables en mi pupitre, aprendiendo los nombres de los catorce incas y dibujando el mapa del Perú con mis lápices de cera. Me parecían lejanas las vacaciones, ajenas a mí, como leídas en un almanaque viejo. Una tarde, el patio de recreo se ensombreció, una brisa fría barrió el aire caldeado y pronto la garúa comenzó a resonar sobre las palmeras. Era la primera lluvia de otoño. De inmediato me acordé de mi amigo, lo vi, lo vi jubiloso recibiendo con las manos abiertas esa agua caída del cielo que lavaría su piel, su corazón. Al llegar a casa estaba resuelto a hacerle una visita. Burlando la vigilancia materna, subí a los techos. A esa hora, bajo ese tiempo gris, todo parecía distinto. En los cordeles, la ropa olvidada se mecía y respiraba en la penumbra, y contra las farolas los maniquís parecían cuerpos mutilados. Yo atravesé, angustiado, mis dominios y a través de barandas y tragaluces llegué a la empalizada. Encaramándome en el perchero, me asomé al otro lado. Solo vi un cuadrilátero de tierra humedecida. La sillona, desarmada, reposaba contra el somier oxidado de un catre. Caminé un rato por ese reducto frío, tratando de encontrar una pista, un indicio de su antigua palpitación. Cerca de la sillona había una escupidera de loza. Por la larga farola, en cambio, subía la luz, el rumor de la vida. Asomándome a sus cristales vi el interior de la casa de mi amigo, un corredor de losetas por donde hombres vestidos de luto circulaban pensativos. Entonces comprendí que la lluvia había llegado demasiado tarde.


Escrito en Berlín en 1958, por el maestro Julio Ramon Ribeyro

Homenaje a Julio Ramon Ribeyro




Conmemorandose los 80 años del nacimiento de Julio Ramon Ribeyro, el Centro Cultural Inca Garcilaso de la cancillería inicia una serie de actividades en honor a uno de los más grandes escritores peruanos y latinoamericanos, dicho evento titulado :CONVERSATORIO "RIBEYRO, LA PALABRA ELOCUENTE", incluirá dos conversatorios y una exposición documental de sus obras, el ingreso es libre. Para quienes deseen asistir a esta memorable exposición de sus obras, fotografías del autor y otros pueden encontrar mas información en el siguiente link: http://www.ccincagarcilaso.gob.pe/conferenciasprox.asp