sábado, 30 de octubre de 2010

El escritor Eric Faye gana el Gran Premio de Novela de Francia

Fotografía: Eric Faye

PARÍS.- El escritor Eric Faye ganó hoy el Gran Premio de Novela de Francia con el título "Nagasaki", una historia ambientada en Japón con la que el literato inaugura la lista de concesión de premios literarios del otoño en este país.

La obra por la que ha sido premiado, editada por Stock, cuenta la historia de un meteorólogo japonés, Shimura-san, que descubre que una mujer sin hogar habita en su propio domicilio desde hace meses y narra cómo se perturba su vida desde este insólito e inesperado hallazgo.

El protagonista, un hombre solitario y soltero en la cincuentena, descubre por medio de una cámara que ha instalado en su casa que una mujer habita en su hogar y ha logrado no ser descubierta durante mucho tiempo, pero la desaparición de alimentos la delata.

La novela es una forma de repasar la memoria que encierran los lugares y un resumen sobre la propia memoria, según la breve descripción que de la obra premiada hizo la editorial.

Faye, nacido en 1963, comenzó a escribir cuando tenía veinte años y obtuvo en 1999 el premio UNESCO-Françoise-Gallimard con "Croisière en mer des pluies". Es autor además de ensayos y relatos breves.

En "Nagasaki", el autor premiado por la Academia de Francia y que parte de un hecho real, cuenta la historia desde el doble punto de vista del hombre y posteriormente narra la vida de la mujer y de por qué decidió invadir el hogar del meteorólogo.

En la misma editorial el autor ha publicado varias de sus obras, entre ellas "Les cendres de mon avenir" (2001), "La durée d'une vie sans toi" (2003), "Mes trains de nuit" (2005), "Le syndicat des pauvres types" (2006), "L'homme sans empreintes" (2007) y "Nous aurons toujours Paris" (2009).

La obra de Faye sucede en la lista de premiados con este galardón a "Les onze", libro con el que el escritor Pierre Michon fue destacado el año pasado.
Fuente: Emol.com

Borges y Kafka unidos en una edición ilustrada tipográficamente

Fotografí: Borges y Kafka


Madrid, 24 oct (EFE).- Borges fue uno de los grandes admiradores de Kafka y uno de los principales difusores de su obra en castellano. Ahora estos dos grandes de la literatura universal han quedado unidos gracias a un libro ilustrado tipográficamente que incluye "La metamorfosis" y tres textos del autor de "El aleph".

Publicado por Nórdica, "Kafka Borges" es un objeto libro, un raro ejemplar artístico y experimental, ilustrado por la argentina Verónica Moretta y que encierra, además de "La metamorfosis", "La casa de Asterión", "Un sueño"y "El laberinto", de Borges.

El resultado de esta edición, limitada de 999 ejemplares, es un sueño laberíntico que invita al lector a perderse por el mundo de las letras, como objeto de arte, y por el universo imaginario de estos dos escritores que forman parte del canon de la literatura de todos los tiempos.

La diseñadora Verónica Moretta explica que la idea de ilustrar de manera poco convencional a estos dos autores juntos se le ocurrió por semejanzas, porque Borges había traducido en 1938 "La metamorfosis" de Kafka, en 1938, y en numerosas ocasiones mostró su admiración por el autor checo.

"Además -dice- temas como el laberinto, los espejos, el yo y el otro, los sueños, lo insólito, lo absurdo o las sorpresas son compartidos por los dos. Por eso los veo juntos".

Con una ilustración cercana a la corriente de vanguardia denominada "el letrismo", el libro es un objeto y un canto a la letra y a lo visual.

"El letrismo, a través de Isidore Isou, reveló el fin de la poesía de las palabras llegando a la poética de las letras y de los signos, y ese concepto me ha influido mucho en mi trabajo", añade la ilustradora.

En blanco y negro, el volumen se abre con un juego sobre el laberinto de Borges y de ahí en adelante los signos y las letras de todo tipo y forma, solas y acompañando a los textos, van formando toda una propuesta artística donde éstas sustituyen a las imágenes.

"Cada relato ha sido respetado en su totalidad. Cada palabra, cada signo de puntuación, están ubicados siguiendo fielmente el escrito original. Como ejemplo, 'El laberinto', de Borges; vemos cómo el autor va construyendo oración tras oración repitiendo exactamente las palabras de la primera en la segunda, y así sucesivamente hasta el final".

"La idea es -argumenta la diseñadora- troquelar el papel y así obtener la palabra de manera repetida aunque esté impresa una única vez. A medida que se lee la obra, se avanza a través de páginas caladas que representan visualmente un laberinto. Es probable que el lector esté obligado a retroceder y avanzar para poder comprender".

Este juego establece una complicidad que hace inevitable la sensación de estar encerrados en un laberinto.

Otro ejemplo que destaca Moretta está en "La metamorfosis" de Kafka, donde en la palabra "bastón" el asta de la letra N ha sufrido una modificación, que permite visualizar al lector un bastón, sin perder la posibilidad de leer esa palabra.

Todo un juego entre la realidad y su espejo que hubiera hecho las delicias de ambos mitos.

lunes, 25 de octubre de 2010

La técnica de César Aira _ Revista Ñ

Fotografía: César Aira

El escritor habló de su escritura al presentar "El error", su última obra, en España. "Ser previsible es lo peor que le puede pasar a un escritor", dijo.

Por MERCEDES BERMEJO

César Aira ansía la libertad de los artistas contemporáneos que pueden cambiar de formato con facilidad y por ello se decanta por una escritura "imprevisible" que se ha convertido en el sello de identidad del autor argentino, como una vez más pone de relieve en su nueva novela, "El error". Y así convencido de que "ser previsible es lo peor que le puede pasar a un escritor", Aira, uno de los escritores argentinos más prolíficos, avanza en su carrera literaria sin volver la mirada atrás y presenta en España su última obra, que llegará a América en los próximos meses.

Al buscar la génesis de esta novela, el escritor explica que "El error", al que el narrador se asoma desde la puerta de un ataúd que adorna la portada del libro, tiene que ver con su "técnica de escribir". "Si cometo un error, si una página me sale mal, nada de cambiarla sigo adelante y no la corrijo. A veces siguiendo adelante los errores se capitalizan y dejan de ser errores", indica Aira (Coronel Pringles, 1949). Y esta técnica, justifica el autor de más de una treintena de novelas, además de un buen número de traducciones, ensayos y cuentos, es lo que le da ese aire "un poco inesperado y sinuoso a lo que escribo".

"El error", basada en una experiencia real del autor, comienza con la visita de una pareja, con disputas cotidianas, a un jardín de un país exótico en el que se ubica un pabellón de esculturas. A partir de este escenario las historias se encadenan hasta darse la mano un bandolero -protagonista de una saga literaria que causa furor entre las mujeres de una prisión- con una mujer que huye tras creer haber asesinado a su marido y que a punto ha estado de librarse de la cadena perpetua.


Sin olvidar, el rol protagonista de la azarosa vida de un escultor que lo perdió todo. Y es que el arte es para César Aira una gran fuente de "sugerencias e inspiración", sobre todo las nuevas corrientes de arte contemporáneo, pese a que se confiesa un devoto de Velázquez y de "Las Meninas" por lo "extraño y "enigmático" del cuadro. "Vistas desde una mirada hostil estas corrientes (contemporáneas) pueden parecer extravagantes y provocativas, pero también tienen esa libertad de creación que a veces no falta a los escritores", asegura César Aira.

Cita entre sus artistas favoritos a los suizos Peter Fischli y David Weiss, y a todos aquellos que, explica, "migran de medio a medio, de formato a formato, que un día hacen un vídeo otro una instalación, un dibujo o un libro". "Yo me siento un poco así", asegura el escritor, que invita al lector a descubrir a través de la literatura una obra "mejor, peor o bastante mediocre, como las mías, pero con intenciones artísticas" y no a rehuir del entretenimiento y placer a través de "lo previsible".

Se decanta por la novela corta, por ser el género que le ofrece más libertad y por su "laxitud", porque, explica, a diferencia del poema o el cuento "no tiene una exigencia de calidad tan alta". El propio autor se inscribe en la corriente surrealista que aún se mantenía viva en Argentina en los años sesenta y pese a que Córtazar fue "un gran amor de juventud" considera sus maestros a Borges, Machado de Assis o César Vallejo.

César Aira, que ya prepara un nuevo trabajo sobre los indios de Argentina, aprovecha su visita a España para participar en el seminario que sobre arte contemporáneo y literatura se inaugurará mañana en la Casa Encendida de Madrid, donde intervendrá en su jornada de apertura. En cualquier caso, su pasión por el arte se queda sólo en "afición y en divertimiento", al considerar que tanto en la literatura como en la plástica o la escultura hay que "jugarse todo", de lo contrario "no cala", concluye.
Fuente: Revista Ñ

Del recuerdo de Cortázar a la soledad de América Latina_ Revista Ñ

Fuente: Archivo personal Cortazar


"El argentino que se hizo querer de todos". México, 12/2/94.

Fui a Praga por última vez en el histórico año de 1986, con Carlos Fuentes y Julio Cortázar. Viajábamos en tren desde París porque los tres éramos solidarios en nuestro miedo al avión, y habíamos hablado de todo mientras atravesábamos la noche dividida de las Alemanias, sus océanos de remolacha, sus inmensas fábricas de todo, sus estragos de guerras atroces y amores desaforados. A la hora de dormir, a Fuentes se le ocurrió preguntarle a Cortázar cómo y en qué momento y por iniciativa de quién se había introducido el piano en la orquesta de jazz. La pregunta era casual y no pretendía conocer nada más que una fecha y un nombre, pero la respuesta fue una cátedra deslumbrante que se prolongó hasta el amanecer, entre enormes vasos de cerveza y salchichas con papas heladas.

Cortázar, que sabía medir muy bien sus palabras, nos hizo una recomposición histórica y estética con una versación y una sencillez apenas creíbles, que culminó con las primeras luces en una apología homérica de Thelonious Monk. No sólo hablaba con una profunda voz de órgano de erres arrastradas, sino también con sus manos de huesos grandes como no recuerdo otras más expresivas. Ni Fuentes ni yo olvidaríamos jamás el asombro de aquella noche irrepetible (...) En las muchas veces que nos vimos años después, lo único que había cambiado en él era la barba densa y oscura, pues hasta dos semanas antes de su muerte parecía cierta la leyenda de que era inmortal, porque nunca había dejado de crecer y se mantuvo siempre en la misma edad con que había nacido.

Nunca me atreví a preguntarle si era verdad, como tampoco le conté que el otoño triste de 1956 lo había visto, sin atreverme a decirle nada, en su rincón del Old Navy, y sé que dondequiera que esté ahora estará mentándome la madre por mi timidez. Los ídolos infunden respeto, admiración, cariño y, por supuesto, grandes envidias. Cortázar inspiraba todos esos sentimientos como muy pocos escritores, pero inspiraba además otro menos frecuente: la devoción. Fue, tal vez sin proponérselo, el argentino que se hizo querer de todo el mundo. Sin embargo, me atrevo a pensar que si los muertos se mueren, Cortázar debe estar muriéndose otra vez de vergüenza por la consternación mundial que causó su muerte. Nadie le temía más que él, ni en la vida real ni en los libros, a los honores póstumos y a los fastos funerarios. Más aún: siempre pensé que la muerte misma le parecía indecente.

En La vuelta al día en 80 mundos un grupo de amigos no puede soportar la risa ante la evidencia de que un amigo común ha incurrido en la ridiculez de morirse. Por eso, porque lo conocí y lo quise tanto, me resistí a participar en lamentos y elegías por Cortázar. Preferí seguir pensando en él como sin duda él lo quería, con el júbilo inmenso de que haya existido, con la alegría entrañable de haberlo conocido, y la gratitud de que nos haya dejado para el mundo una obra tal vez inconclusa pero tan bella e indestructible como su recuerdo.


"La soledad de América Latina". Estocolmo, 8/12/1982


Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que, sin embargo, parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen. Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos.(...) América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental. No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural.

¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a tres mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte.

Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay setenta y cuatro millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York.

La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos y, entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino a la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: "Me niego a admitir el fin del hombre". No me siento digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que, por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace treinta y dos años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la Tierra.

Fuente: revista Ñ